LA FELICIDAD ES EL CAMINO.

niño felizEstamos acostumbrados a priorizar los fines por sobre los procesos. Obtener rápido nuestra casa, el auto, un buen empleo, nos preguntamos constantemente cuánto falta para las vacaciones, cuándo pagan…. ¡por fin es viernes!

La sociedad, el comercio y a veces nuestra familia, nos presentan ciertos modelos absolutos e incuestionables, que generan angustia en nosotros los padres: “¿cuándo tu hijo va a  caminar?” , “¿cuándo va a dejar los pañales?”, “¿cuándo va a hablar?”. Estamos llenos de “cuándos”, y muy pocos “cómo” y muy, pero muy pocos, “por qué”. Vivimos constantemente queriendo pasar etapas. Educamos a nuestros hijos para pasar etapas. Como en una carrera.

Nos hemos olvidado de respetar y vivir los procesos y de ser felices mientras duren. La angustia de no cumplir etapas genera individuos estresados, competitivos y frustrados. Nos hemos  olvidado de que somos seres con semejanzas pero millones de diferencias, no estandarizados y la suma de esas diferencias generan procesos de desarrollo distintos.

Pregúntenle a sus padres a qué edad ustedes dijeron sus primeras palabras o dejaron los pañales o durmieron solos, y comparen las respuestas con amigos, parientes y hermanos. Seguramente obtendrán un sin número de respuestas diferentes, incluso muchos ni siquiera lo recordaran con exactitud. Nos olvidamos que lo más importante es que ahora hablamos, caminamos y nos relacionamos independientemente y que idealmente como niños disfrutamos mucho ese proceso de aprendizaje.

Respecto a nuestros hijos, nos olvidamos también que los procesos no los definimos nosotros como padres, sino que nuestros hijos como seres libres e independientes. Ellos son el sujeto principal de sus propios procesos. No hay ninguna razón para que sigan los mismos patrones nuestros ni los de tu vecino. Tampoco tenemos un derecho adquirido de definir los procesos de personas independientes a nosotros.

Ante esto, uno como padre ejerce la función de guía, maestro y líder. Debemos aprender a escuchar, a sentir, a mirar a los ojos a nuestros hijos, a soltar y a apretar. Siempre con amor. No rehuyendo de las rabias, stress y los estados no confortables, sino que estando presente en los procesos con sus altos y bajos, en el andar de un camino que ciertamente no es fácil.

Si basamos nuestras decisiones en el vivir y compartir los procesos con amor, por sobre los fines y las etapas, por sobre las tradiciones y consensos heredados, tus hijos lo agradecerán, tanto porque disfrutaron los procesos, como porque fueron libres durante éstos.

Más importante que enseñar, es aprender y en el ejercicio del aprender quien en última instancia define el proceso es quien aprende. Vivamos y respetemos eso.

No hay un patrón, estándar o camino preconcebido o establecido hacia la felicidad, la felicidad es el camino de nuestros hijos y por ende de nosotros mismos.

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